Violetas de memoria · Poema 10 de 57
Ecos de Dios
Como el resplandor de un día soleado
Naciste una mañana pequeña Magdalena
Como el algodón tan blanco, tu ser,
Creciste a tiempo como la flor.
Sencilla y tierna desde tu niñez
Caminaste la senda de tu corazón;
Blanco y puro como la luz.
Pasando el tiempo caminando vas
Más tu orgullo el ser cordero es.
Pues tu sabías que querías ser
La sierva del gran Señor.
Un día dijiste a mamá:
Quiero seguir a mi gran Señor.
Más al momento tu madre no entendió
El gran regalo que te daba Dios.
Con la humildad de tu corazón
Servías a todos en tu gran amor
Y así tu inmaculidad a Dios
Querías entregar.
Tu sueño se hizo realidad, ¡oh pequeña Magdalena!
Un día ante ese altar, su esposa quisiste ser,
Dejando todo lo mundano por el llamado de tu Señor.
Entregando tu alma y tu ser, ese día,
Humilde quisiste ser.
Tan humilde eras por nombre como ser,
Tus sandalias quitabas
Por no herir al más inmundo ser.
Eras motivo de gloria, solo eso inspirabas.
Así de grande era tu alma
Como pequeña era tu memoria, para olvidar
Los tropiezos que la vida te daba.
Un día llegaste a ser grande,
Porque a tu padre Francisco imitaste,
Con tu ánimo fuerte y seguro.
Aquel momento en que en ti oh, Humilde!
Depositaron ere mando
Que tu ostentaste para librar la batalla
¡oh, pequeña!, que fuerte fuiste tú.
Por tu juventud fuiste criticada
Pero el mundo lo ganaste
Por tu fortaleza y grande entereza
El triunfo lo obtuviste.
Edificaste en aquel momento
La piedra que hemos de seguir,
Al construir con tu grande saber
Esta casa que no ha de decaer.
Somos, ¡oh!, las siervas del gran Señor.
¡oh!, Madre Humildita, guíanos con tu luz.
No permitas nunca que lo que construiste
Se derrumbe jamás.
Como la paloma que volando va
El gran día para ti llegó.
Volaste tan alto como tu Señor
Y con él te fuiste a juntar.
Y en aquella estrella que brillando está
¡oh!, Madre Humildita, nos esperarás.
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