Violetas de memoria · Poema 43 de 57
Poesía histórica de Nuestra Madre Humildita
En la Concepción, Guanajuato, viste la luz primera.
Desde niña conociste el sufrimiento,
Así te vino Dios preparando
Para un futuro de dolor sin cuento.
En primera infancia dedicáronte
De ovejitas al cuidado,
Este fue una predicción que en lo futuro
Te ocuparías al cuidado del redil sagrado.
De adolescente te distinguiste en el orden,
Disciplina y virtudes,
Lo que llamó la atención a las Carmelitas,
Invitándote a vivir por siempre a su lado.
Ni tu madre ni tú, aceptaron la invitación,
Pues a nuestro Padre San Francisco
Estaba reservado trasplantar esta delicada plantita,
Al jardín de nuestra Congregación.
Nuestra Madre Clarita,
Recibió tu vida en primavera,
Pidiéndote como dote un alma para Dios
Y un cuerpo para la Congregación.
El 18 de marzo de 1912, vestiste el sayal franciscano,
Trocaron tu nombre de Patricia Magdalena Patlán,
Por el de Sor Humilde del Niño Jesús.
Sayal que supiste honrar, y nombre que supiste llevar.
Humilde de nombre y de verdad,
Honor a tu nombre pudiste dar,
Fuiste cual rosa en primavera,
Que cuando sacude, nos da sus pétalos frescos,
Y cuando se estruja nos brinda su aroma perfumado. En oración y trabajo, trabajo y oración
Pasaste el noviciado, tu fin era muy alto,
No tuviste miedo a la prueba,
Ni al oscuro de la noche, ni a la aparición del alba,
Porque tu estrella vespertina, te indicaba a Jesús Crucificado.
Así llegó el 25 de mayo de 1913, día de tu profesión,
Día de apacible calma y ansiedad santa,
No es factible vibrar las fibras más tiernas
De tu delicado corazón.
En tus votos perpetuos el día 26 de febrero de 1922,
Invocando del Santo Espíritu su luz,
La Congregación entera, puso en ti su mirada;
Te creyó virtuosa, te juzgó madura,
Te vio capacitada y dejó caer sobre
Tus tiernos hombros del generalato la pesada cruz.
Callar tus virtudes, es querer quitar brillo a las estrellas,
Permíteme que siquiera las anuncie todas ellas.
Te distinguiste por la humildad, sobresaliente en el sufrir,
Fuiste alma de oración, incansable en el trabajo.
Tu preocupación fue cada una, y todas ellas,
Hasta en la agonía nos enseñaste a amar.
A tu inteligente pluma, espíritu de progreso y memoria,
Debemos el comentario de la Santa Regla,
Urbanidad, ritual, costumbrero
Y primeros escritos de nuestra Historia.
En la primavera del 45, tuve la dicha de conocerte,
Y comprobar con certeza lo que de ti oyera,
Y más complacida quedé cuando en el invierno,
Dios quiso que el generalato por tercera vez, sobre ti recayera.
Me aceptaste como hermana, me quisiste como hija,
Me defendiste como madre, con todo corazón,
Por esto y mucho más, el cielo quiso,
Que en el cincuenta y uno, por cuarta vez,
Tus manos dirigieran el timón.
Dios te dio larga vida, llegaste a las Bodas de Oro,
Viste la definitiva aprobación de tu instituto amado,
Y viendo al cielo dijiste: mi misión sobre la tierra, ha terminado,
Y fue así, como el 17 de junio de 1970,
Imitando a Cristo, pudiste exclamar,
¡Todo está consumado!
Madre querida, tu sombra se fue,
Pero tú quedaste en el corazón de todas las que te amamos,
Tus consejos, virtudes y ejemplos,
Están en nuestra alma latentes,
Por eso hoy, sentimos entre nosotras que tú estás presente.
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