Venerable Madre Humilde del Niño Jesús
Manual de Urbanidad Religiosa
Artículos del Capítulo III
Artículo 19
Como fundamento de las breves nociones de que nos vamos a ocupar en este capítulo, sentaremos aquella máxima de San Ambrosio: «Los mundanos sólo reputan por útil cuanto les proporciona alguna comodidad en esta vida; y los discípulos de Cristo sólo deben estimar como útil aquello que sea honesto y conducente a la vida eterna, más bien que a lo temporal». Guiadas por esta doctrina sabremos apreciar la utilidad que nos reporta la urbanidad religiosa.
Aplicación 2026
La urbanidad bien entendida ayuda a la hermana a buscar lo verdaderamente útil: aquello que conduce a Dios, fortalece la virtud y favorece la vida eterna. No se trata de agradar al mundo, sino de vivir con tal rectitud y delicadeza que aun los actos ordinarios manifiesten la presencia de Cristo pobre y humilde.
Artículo 20
En primer lugar tengamos presente que la urbanidad bien practicada es aquella cualidad que contribuye poderosamente a hacernos amadas de Dios y de nuestros semejantes. Y así dice San Bernardo: «¿Qué cosa hay más amable que un joven pudoroso? ¡Qué hermosa y qué rica joya es la honestidad de las costumbres en la vida y en el rostro de un adolescente! Esa honestidad —que nosotras llamamos urbanidad— es extirpadora de los malos hábitos, defensora de la inocencia, singular pureza de la conciencia, ornato de la vida, asiento de la virtud, gloria de la naturaleza y nota distintiva de todo lo bueno». Difícil será encerrar mayores elogios en menos palabras.
Aplicación 2026
La urbanidad practicada con espíritu religioso hace amable la virtud. Una hermana educada en la caridad, en la modestia y en la sencillez no solo evita ofender, sino que hace más fácil a las demás acercarse a Dios. Su trato digno, sereno y respetuoso embellece la vida fraterna y dispone el corazón para el bien.
Artículo 21
Iguales encomios de la educación religiosa hace Hugo de San Víctor: ella, dice, es cárcel de los malos deseos, yugo de la soberbia; ella doma la intemperancia, reprime la inconstancia y sujeta los desordenados movimientos del espíritu. Pues cuando el cuerpo se somete a las leyes de la disciplina o educación, el alma se consolida en la constancia y poco a poco adquiere la tranquilidad interior; de aquí se deduce que la urbanidad es un medio del cual se puede valer la religiosa para afirmarse en la práctica de la virtud y para adelantar en el camino de la perfección a que está obligada por su estado.
Aplicación 2026
La urbanidad ayuda a ordenar las pasiones y a moderar los movimientos exteriores. Enseña a dominar la impaciencia, la dureza, la soberbia, la ligereza y la brusquedad. Así, la hermana aprende a vivir con mayor dominio de sí, libertad responsable y paz interior, haciendo de sus gestos una escuela de virtud.
Artículo 22
En vista de lo dicho, justo es que apreciemos en cuánto vale la urbanidad, esa disciplina religiosa tan encomiada por los santos. Y con razón, porque tal disciplina regula de un modo conveniente los ejercicios de las demás virtudes, dignifica y hace fáciles los ejercicios de la vida común, y aumenta el mérito que en ellos podemos alcanzar; siendo cierto que dicha educación es causa del mejoramiento de las costumbres y de la mayor pureza del corazón, por lo cual nos unimos íntimamente con Dios. Conviene, por tanto, que tengamos presente aquella máxima: quien desprecia, a los principios de su conversión, esta saludable disciplina, difícilmente la practicará en adelante; pues sabia cosa es que los modales que uno adquiere rara vez los deja. Y nótese que el autor apoya esta doctrina en aquella sentencia del Espíritu Santo: «El joven, aun cuando llega a la vejez, no se apartará del camino que antes hubiere tomado»; lo cual en nuestro caso quiere decir que, si la religiosa no se somete a las reglas de urbanidad cuando es joven, menos lo hará si llega a la ancianidad.
Aplicación 2026
Esta educación religiosa sostiene el camino de conversión durante toda la vida. Desde la formación inicial hasta la formación permanente, la hermana aprende a corregir sus modos, purificar sus intenciones y dejarse formar por la gracia. Los hábitos de respeto, escucha y delicadeza se fortalecen mediante una práctica consciente y renovable en cada etapa; la edad, por sí sola, no garantiza ni impide este aprendizaje.
Artículo 23
Y no es esto todo: esa buena forma que tanto inculca la urbanidad nos facilita la práctica de las enseñanzas de Jesucristo, quien se nos propone en el Evangelio como dechado de mansedumbre y dulzura de corazón. De igual modo, la educación religiosa contribuye no poco a que se forme en nosotras aquella bondad de carácter que el gran Apóstol de las gentes procuraba emplear para salvar a todos, acomodándose a las circunstancias de cada uno de aquellos a quienes trataba: enfermo con los enfermos, triste con los afligidos, alegre con los contentos, haciéndose en una palabra todo para todos; y nada más justo que las religiosas destinadas a procurar la salvación de las almas imitemos la conducta observada por San Pablo.
Aplicación 2026
La urbanidad facilita la práctica de las enseñanzas de Jesucristo. Ayuda a ser bondadosa, paciente, compasiva y atenta a las necesidades de cada persona. Como San Pablo, la hermana procura hacerse cercana a todos, no para perder su identidad, sino para servir mejor y ganar almas para Dios con mansedumbre y caridad.
Artículo 24
El olvido de la doctrina expuesta en los números que preceden podría hacernos incurrir en faltas muy lamentables, ya en el trato con nuestras hermanas en Religión, ya con nuestras indispensables relaciones con las personas del siglo. Tal es el efecto y la índole de la humana sociedad, que quizá disimule las estudiadas demostraciones de una educación en extremo ceremoniosa, cuando ve la buena voluntad y recta intención de quien las practica; pero suele mostrarse severa e intransigente con los ademanes de toda persona rústica y descortés, por no decir grosera, y con cuantos, sin título para ello, se entregan a las expansiones de una familiaridad tan íntima que sólo está justificada entre personas de la propia familia. La urbanidad es la que nos enseña a conducirnos en conformidad con las circunstancias y a evitar todo exceso de confianza, que siempre es altamente reprensible y propio tan sólo de personas desconocedoras hasta de los rudimentos de la educación.
Aplicación 2026
La falta de urbanidad puede causar heridas tanto en la fraternidad como en la misión. La confianza mal entendida, la palabra dura, el gesto descuidado, la ironía, la murmuración o una familiaridad sin límites debilitan la comunión y pueden dañar a las personas. Por eso, la hermana cuida su trato dentro y fuera de casa, con cercanía, respeto y límites sanos, sin clasificar ni menospreciar a nadie.
Artículo 25
Todavía podemos añadir otras ventajas de la buena educación. Ella nos enseña a guardar las consideraciones debidas a las personas con quienes tratamos, y les da a nuestras acciones aquella agradable dignidad y natural decoro que nos captan la simpatía de los demás, a quienes procuramos evitar, cuanto está de nuestra parte, todo lo que pudiera ocasionarles alguna molestia. Y como dichas consideraciones deben medirse según la diferente condición de las personas, la urbanidad nos suministra reglas para que sepamos distinguir el modo de proceder que podemos emplear con cada una en atención a su categoría, rango, autoridad, etc. Estas distinciones no son arbitrarias o injustas, pues están fundadas en la naturaleza de las cosas, en las exigencias sociales y en la voluntad de Dios manifestada por estas palabras de San Pablo: «Dad a cada cual lo que le es debido; a quien temor, temor; a quien honra, honra».
Aplicación 2026
La urbanidad enseña a dar a cada persona el trato que le corresponde según su dignidad, edad, servicio, autoridad, necesidad o condición. No por distinción mundana, sino por justicia y caridad. La hermana debe saber honrar a las superioras, cuidar a las mayores, acoger a las jóvenes, servir a los pobres y tratar a todos con respeto.
Artículo 26
No es menor la utilidad que la buena educación reporta a cuantos vivimos consagradas a Dios, donde con más razón que en el siglo es preciso que reine el orden y el espíritu de paz y de concordia, y donde el mismo trato más íntimo y frecuente exige que nos soportemos mutuamente y con caridad las flaquezas de nuestra naturaleza. ¿Y cómo podríamos conseguir esto revistiendo la virtud de formas agrestes y poco cultas, o haciendo nuestro carácter adusto en demasía? Por otra parte, la urbanidad religiosa de que tratamos nos mueve a comunicar a los demás los bienes que hemos recibido y a no encerrar en los ocultos senos del egoísmo los conocimientos más o menos vastos que con el auxilio del cielo hayamos adquirido, complaciéndonos en hacer participantes de ellos a nuestros semejantes. De otra manera, ¿qué importaría la ciencia de los hombres más santos que tuvo la religión? Ocultar culpablemente esas dotes sería contrariar las órdenes de Dios, el cual nos dice: «Cuanto habéis recibido gratuitamente, repartidlo de igual modo». Ni vale paliar la conducta contraria con el velo de una mal entendida humildad, con la cual quizá no se pretenda muchas veces otra cosa que justificar un ocio culpable.
Aplicación 2026
La urbanidad aprovecha mucho a las fraternidades, porque favorece la paz, la concordia y el buen espíritu. También impulsa a comunicar responsablemente los dones, conocimientos y experiencias recibidos, poniéndolos al servicio de las demás. La humildad verdadera no oculta por comodidad lo que puede ayudar; comparte sin presumir y aprende sin encerrarse.
Artículo 27
Guardémonos de proceder con hipocresía en asunto de tanto interés. Pues acontece no pocas veces que los impíos se cubren con la máscara de una educación fina y esmerada para abrirse paso en la sociedad; mas, como les falta el fundamento de la verdadera educación, que es la Religión, y el de la urbanidad, que es el temor de Dios y el del prójimo, no pueden ocultar por mucho tiempo sus perversos intentos, e incurren, cuando menos piensan, en faltas garrafales de educación, culto y decoro. Son aquellos lobos vestidos de piel de oveja de que nos habla el Evangelio, pero a quienes es fácil conocer por sus frutos. Obremos nosotras con ingenua sinceridad, reflejando en lo exterior, como lo pide la urbanidad, los sentimientos puros y delicados de nuestro corazón.
Aplicación 2026
La verdadera urbanidad debe nacer de un corazón sincero. No basta parecer amable por fuera si por dentro se conserva dureza, doblez o resentimiento. La hermana debe procurar que sus modales sean reflejo de sentimientos puros, rectos y caritativos, evitando toda hipocresía y buscando que su exterior manifieste la verdad de su vida interior.
Parte I · Nociones generales
El Manual continúa con el Capítulo IV: «Principios generales de la urbanidad religiosa».
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