Venerable Madre Humilde del Niño Jesús
Manual de Urbanidad Religiosa
Artículos del Capítulo II
Artículo 46
Por diferentes que sean los idiomas, hay en ellos una palabra por la cual significan el honor, respeto y veneración, obediencia y sumisión que se debe a toda persona constituida en dignidad o que está adornada con alguna especial virtud; esa palabra en nuestro lenguaje es el culto. Entendemos, pues, por culto, el honor, la reverencia y el homenaje que tributamos a Dios por sus infinitas perfecciones y a María Santísima, a los ángeles y a los santos por la perfección que tienen derivada del mismo Dios. Este culto puede ser interno o externo, privado o público, absoluto o relativo. Los actos de la inteligencia y la voluntad con los cuales reconocemos la majestad y grandeza infinitas de Dios, y nos movemos a su amor, constituyen el culto interno; mientras el externo consiste en el conjunto de ritos y ceremonias con los cuales patentizamos y sensibilizamos en cierto modo aquellos sentimientos de nuestro corazón. El privado es aquel con que cada uno honra particularmente al Señor y a sus santos, y el público el que le rendimos con los demás fieles, en el lugar, forma y tiempo prescritos por la Religión. El absoluto es el que se dirige y termina en el ser o persona cuyas perfecciones reconocemos, y el relativo el que se dirige inmediatamente a una imagen o efigie, a la que honramos no por lo que es en sí, sino porque representa al ser o persona en la cual viene a terminar el culto.
Aplicación 2026 · Propuesta editorial
La adoración pertenece sólo a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. A María, Madre de Dios, se le tributa una veneración singular; a los ángeles y a los santos, veneración; y las imágenes sagradas se honran por referencia a quienes representan. Esta distinción evita confundir la adoración debida al Creador con la veneración respetuosa de sus criaturas santificadas y de sus representaciones.
Artículo 47
El fundamento del culto que debemos tributar a Dios lo encontramos en el mismo Dios. Pues, siendo un ser infinitamente perfecto, para manifestación de su propia gloria hizo todas las cosas para sí mismo. De aquí es que todo lo que tiene existencia contribuye a la publicación de la gloria del Señor y a la exaltación de su santo nombre.
Aplicación 2026
El fundamento del culto que debemos a Dios está en Dios mismo, principio y fin de todo cuanto existe. Él creó todas las cosas para su gloria, y toda criatura, de algún modo, proclama su grandeza. Por eso, la hermana HFIC está llamada a vivir con espíritu de alabanza, gratitud y reverencia ante el Señor.
Artículo 48
La misma razón natural exige imperiosamente este culto que debemos a Dios. Para convencernos de esta verdad, basta considerar que Dios ha creado el mundo, que lo conserva con admirable providencia y que ha multiplicado en él tantas y tan sorprendentes maravillas. Todo lo creado nos predica lo mucho que debemos al amor y misericordia de nuestro Hacedor. De donde se sigue que, en todas las situaciones prósperas y adversas de nuestra vida, estamos obligadas a rendirle un culto sincero y fervoroso.
Aplicación 2026
La razón natural y la fe nos enseñan que debemos rendir culto sincero a Dios, porque de Él hemos recibido la vida, la creación, la providencia, la redención y todos los bienes. En las situaciones prósperas y adversas, la hermana debe reconocer la mano amorosa del Señor y responderle con oración, fidelidad y confianza.
Artículo 49
Es cierto que Dios es infinitamente grande y que sus perfecciones no tienen límite; y lo es que nosotros, tan viles y miserables criaturas, nada podemos añadir con nuestras alabanzas y adoraciones a la gloria y felicidad intrínseca y esencial del mismo Dios. No obstante, Él exige esas demostraciones de nuestra sumisión, un homenaje debido a su soberana grandeza y la expresión de los más puros sentimientos de nuestra alma agradecida a sus inestimables beneficios. También es verdad que su ciencia no necesita de nuestras oraciones para conocer las necesidades que nos aquejan, pues los ojos del Señor son mucho más claros que el sol y penetran los corazones de los hombres hasta los más recónditos senos; sin embargo, esas manifestaciones del culto las necesitamos para implorar de su misericordia el remedio de nuestros males, ya que Él mismo nos dice: «Pedid y se os dará»; y las súplicas y ruegos nos son precisos para aplacar la divina justicia irritada por nuestros pecados.
Aplicación 2026
Dios no necesita nuestras alabanzas para aumentar su gloria, ni nuestras súplicas para conocer nuestras necesidades; pero nosotras sí necesitamos adorarlo, alabarlo y suplicarle para ordenar el corazón hacia Él. La oración humilde nos abre a su misericordia, fortalece nuestra fe y nos ayuda a vivir reconciliadas con Dios, con las hermanas y con nosotras mismas.
Artículo 50
Ahora bien, si la razón natural impone a todos los hombres el deber de tributar culto a Dios, esta obligación es mucho mayor en las religiosas que por su profesión se consagran de un modo especial a su servicio. El claustro, en efecto, viene a ser la antesala del cielo, la sociedad y familia de Dios; y en tal concepto no es extraño que las religiosas sean como los ángeles de Dios, encargadas de cantar las divinas alabanzas. Son las religiosas del número de aquellos a quienes David llama bienaventurados porque habitan la casa del Señor, a quien comienzan a bendecir desde la tierra con todas las magnificencias del culto para perpetuar en el cielo ocupación tan dichosa.
Aplicación 2026
Si toda persona está llamada a tributar culto a Dios, esta obligación es aún mayor en la hermana consagrada, que por su profesión pertenece de modo especial al servicio divino. Su vida debe ser una alabanza continua: en la capilla, en la liturgia, en la fraternidad, en la misión y en la reparación de la viña del Señor.
Parte II · Deberes de la religiosa para con Dios
El Manual continúa con el Capítulo III: «Respeto que se debe guardar en el templo».
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